AUSTERIDAD Y BANALIZACIÓN DEL MAL

Llevo unos días leyendo el libro de Stuckler y Basu “Por qué la austeridad mata: el coste humano de las políticas de recorte” que, por cierto, recomiendo leer porque explica claramente lo que el título dice de forma accesible a cualquiera sin renunciar al rigor. Según avanzo en sus exposiciones acerca de los resultados sobre la salud de las personas de las diferentes políticas que se aplican para tratar de salir de la crisis, más me indigno.

Como ellos mismos dicen, si la austeridad fuera un estudio clínico sobre un medicamento para tratar la enfermedad de la crisis, hace tiempo que se debiera haber detenido porque la ética de estos estudios lo hubiera exigido. Porque no sólo no produce el efecto esperado, salir de la crisis, sino que, además, los efectos secundarios sobre la salud de las personas individuales y la sociedad en general son devastadores.

La primera vez que se llevó adelante este mismo experimento, en los EEUU tras la crisis de 1929, ya se vio que en los estados que aplicaron el New Deal no solo se salió antes de la crisis, sino que los efectos sobre la salud de la población fueron positivos, en los que no lo hicieron, todo lo contrario, la crisis se alargó y la salud de las personas sufrió grandes daños físicos y síquicos

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El segundo gran experimento tuvo lugar en el sudeste asiático y en Europa del Este tras la URSS. Los resultados fueron los mismos. Aquellos estados que aplicaron la austeridad o en el caso de la URSS la privatización “exprés” (en menos de dos años como Rusia) tardaron muchos más años en volver a un PIB similar al anterior del proceso y el daño a la salud de las personas fue demencial. En el caso de Rusia se entre 1991 y 1994, la esperanza de vida de los varones descendió 7 años (de 64 a 57 años), la tasa de mortalidad entre los varones de entre 25 y 39 años, aumentó un criminal 90%. Al mismo tiempo, otros países de la esfera comunista hicieron lo mismo más despacio y no sólo crecieron económicamente antes sino que los efectos sobre su población no se produjeron, mientras en Polonia la mortalidad global se redujo un 10%, en Rusia aumentó un 35% por poner un ejemplo.

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Más actuales tenemos los casos de Islandia y Grecia o España y Portugal en los que se sigue insistiendo en el mismo "experimento". Todo esto deja claro, hace evidente, que no es la crisis la que produce daños en la salud, es la clase de políticas que se implementan para tratar de salir de ella. Sin embargo, se insiste en que para salir de hoyo hay que seguir cavando cuando la evidencia, y la lógica, demuestra lo contrario.

Ayer vi en el cine la película de M Von Trotta, Hannah Arendt, que me hizo pensar acerca de la relación de todo aquello que ella decía acerca de la banalización del mal (creo que voy a tener que dedicar algo de tiempo a leer cosas de esta mujer). Pues bien, aquellos que están insistiendo de forma contumaz sobre la necesidad de más y más austeridad y estos que, de forma automática, aplican sus leyes sobre sus pueblos, ¿no son muy parecidos a los nazis que dictaron leyes de exterminio y a aquellos "funcionarios" autómatas y acríticos que las aplicaban llenando los trenes de personas hacia los campos de exterminio?

¿No es suficiente con que una vez, incluso en dos ocasiones, un experimento no funcione para renunciar a aplicarlo? ¿La insistencia en el error, sobre todo si este daña a las personas, no es un mal radical en el sentido que le daba H Arendt? ¿Las consecuencias mortales de estos experimentos no constituyen un tipo de genocidio? ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que la ideología se disfrace de ciencia y se sigan aplicando políticas que sólo benefician al 1% en contra de todos los demás?