EL DERECHO A LA ALIMENTACIÓN, LOS TRANSGÉNICOS Y LA AUSTERIDAD

En estas dos semanas se han ido juntando un par de noticias relativas a la alimentación, al derecho a la alimentación, y a la desigualdad en el acceso a este derecho dignas de ser destacadas.

 La primera apareció con grandes titulares en buena parte de la prensa mundial y ha generado un debate muy interesante, se trata de la denuncia de más de 100 Premios Nobel, que acusaban a Greenpeace de crímenes contra la humanidad por su oposición a los transgénicos, a esta me referiré más tarde.

La segunda ha pasado mucho más desapercibida y solo en algunos medios nacionales se han hecho eco, escaso eco, sobre la publicación de la Encuesta de Presupuestos familiares y en cuya evolución desde el año 2007 vemos también los efectos de la crisis y de las políticas de austeridad en lo que comen los españoles y el deterioro de la dieta producido en estos años.


El porcentaje medio destinado a alimentación por las familias españolas ha aumentado un 1%, pero ese aumento es mayor en las familias con menos ingresos y el diferencial de gasto entre estos y los de mayores ingresos ha subido hasta casi un 10%. Además, el aumento se ha producido a base de subir el consumo de alimentos menos sanos, se reduce el de carne de ternera (-33% acumulado entre 2007 y 2014), pescados frescos (-18%), aceite de oliva (-19.5%), leche (-35.6%) y hortalizas y frutas (-18%) y sube en congelados, precocinados y sucedáneos, por ejemplo las “carnes preparadas y productos que contienen carne” (chóped, mortadelas, patés de baja calidad…) suben un 25%, los “despojos casquería…” suben un 8%, las pastas alimenticias un 4%.

Ese deterioro en la dieta de las familias españolas, fruto del aumento del paro, reducción salarial, precariedad, etc provocadas por las políticas de austeridad, es otro ataque más a los derechos de las personas. En este caso al derecho a la alimentación, que es algo más que comer cada día y que va indisolublemente unido al derecho a la salud por la enorme influencia que la mala alimentación tiene en nuestra salud. Las desigualdades en salud están fuertemente relacionadas con la desigualdad en la alimentación, porque está en la base de la mayor plaga actual en el mundo, la de las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, la obesidad, las enfermedades cardiovasculares …

En los dos lados de la moneda del derecho a la alimentación, tenemos la cara de la alimentación que enferma por exceso de calorías o de alimentos insanos, y tenemos la cruz de la falta de acceso a la alimentación. Es en este lado donde se ha tratado de situar, a mi modo de ver de forma muy superficial, el debate sobre los Organismos Modificados Genéticamente (OMG) y la acusación a Greenpeace de crimen contra la humanidad. 


El hecho de que más de 100 Premios Nobel suscriban un documento tan escasamente basado en la evidencia como el que trato aquí, sobre un tema controvertido y con tan poco consenso científico es, cuando menos. demagógico, porque de la misma manera que estos 100 científicos apoyan los OMG y los declaran seguros, el año pasado, más de 300 científicos firmaron una declaración, publicada en la revista Environmental Sciences Europe, en la que negaban dicho consenso sobre la seguridad de estos organismos.

Los premios nobel centran su ataque a Greenpeace en al arroz dorado, una variedad de arroz a la que se le ha añadido una pequeña cantidad de betacaroteno, precursor de la Vitamina A y que, afirman ellos, podría acabar con el déficit de esta vitamina y que afecta a millones de personas en su mayoría niños. En efecto, muchos millones de personas en todo el mundo no ingieren suficiente vitamina A (en un contexto general en el que el 40% de la población mundial, al menos, padece deficiencia en micronutrientes, no solo Vitamina A); según la OMS y para 2’8 millones de niños menores de cinco años la falta de vitamina A es tan grave que produce ceguera

Cuando, tras más de 20 años de investigación, el propio Instituto Internacional de Investigación del Arroz manifiesta que no se ha podido demostrar aún que este tipo de arroz pueda paliar la deficiencia de vitamina A en los países afectados porque no se sabe si proporcionan vitamina A biodisponible, ni está clara su conservación y tampoco la cantidad que expresa la planta, no deja de ser sorprendente que científicos de ese nivel acusen de este fiasco a una ONG, como indica la respuesta a la carta de los premios Nobel por parte de Greenpeace y Ecologistas en Acción.

Además, pretender centrar el debate sobre la desnutrición exclusivamente en un solo micronutriente y con las limitaciones que he señalado, parece querer convertir al arroz dorado en un caballo de Troya con el que colar por la puerta de atrás todos los demás OGM, permitiendo dudar sobre si el arroz dorado es un avance científico o un avance comercial. 


La humanidad ya tenía la tecnología suficiente para evitar el hambre en el mundo antes de llegar los transgénicos, lo que ha faltado siempre es voluntad política por parte de los países desarrollados para evitarla. Producir suficiente cantidad de alimentos nunca ha sido el problema, incluso en condiciones difíciles como los desiertos, el reciclaje de aguas residuales y el cultivo hidropónico ha resuelto problemas pero no ha acabado con el hambre. 
El auténtico problema siempre ha estado en permitir a cada país y a cada pueblo desarrollarse libremente, utilizar los conocimiento que siempre han tenido para producir por sí mismos los alimentos suficientes para sí mismos y sus hijos, no para la exportación o para facilitar la especulación con comodities, para tirar un tercio de los alimentos que producimos, para alimentar a la creciente cabaña ganadera o para biodiesel.


Ya hay experiencias en varios países, Mozambique, Uganda, Filipinas y otros están promoviendo cultivos adaptados a la cultura y conocimientos locales, que son capaces por sí mismos de aportar los micronutrientes necesarios y los resultados son, a dia de hoy, bastante mas concluyentes que los del arroz dorado. Porque, ¿una elemental sensatez no aconseja orientarse hacia la agroecología, la producción local, la soberanía alimentaria, en definitiva la resiliencia en el terreno de los productos del campo, en lugar de una agricultura cada vez más dependiente de combustibles fósiles y de patentes comerciales sobre la vida?

AUSTERIDAD Y BANALIZACIÓN DEL MAL

Llevo unos días leyendo el libro de Stuckler y Basu “Por qué la austeridad mata: el coste humano de las políticas de recorte” que, por cierto, recomiendo leer porque explica claramente lo que el título dice de forma accesible a cualquiera sin renunciar al rigor. Según avanzo en sus exposiciones acerca de los resultados sobre la salud de las personas de las diferentes políticas que se aplican para tratar de salir de la crisis, más me indigno.

Como ellos mismos dicen, si la austeridad fuera un estudio clínico sobre un medicamento para tratar la enfermedad de la crisis, hace tiempo que se debiera haber detenido porque la ética de estos estudios lo hubiera exigido. Porque no sólo no produce el efecto esperado, salir de la crisis, sino que, además, los efectos secundarios sobre la salud de las personas individuales y la sociedad en general son devastadores.

La primera vez que se llevó adelante este mismo experimento, en los EEUU tras la crisis de 1929, ya se vio que en los estados que aplicaron el New Deal no solo se salió antes de la crisis, sino que los efectos sobre la salud de la población fueron positivos, en los que no lo hicieron, todo lo contrario, la crisis se alargó y la salud de las personas sufrió grandes daños físicos y síquicos

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El segundo gran experimento tuvo lugar en el sudeste asiático y en Europa del Este tras la URSS. Los resultados fueron los mismos. Aquellos estados que aplicaron la austeridad o en el caso de la URSS la privatización “exprés” (en menos de dos años como Rusia) tardaron muchos más años en volver a un PIB similar al anterior del proceso y el daño a la salud de las personas fue demencial. En el caso de Rusia se entre 1991 y 1994, la esperanza de vida de los varones descendió 7 años (de 64 a 57 años), la tasa de mortalidad entre los varones de entre 25 y 39 años, aumentó un criminal 90%. Al mismo tiempo, otros países de la esfera comunista hicieron lo mismo más despacio y no sólo crecieron económicamente antes sino que los efectos sobre su población no se produjeron, mientras en Polonia la mortalidad global se redujo un 10%, en Rusia aumentó un 35% por poner un ejemplo.

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Más actuales tenemos los casos de Islandia y Grecia o España y Portugal en los que se sigue insistiendo en el mismo "experimento". Todo esto deja claro, hace evidente, que no es la crisis la que produce daños en la salud, es la clase de políticas que se implementan para tratar de salir de ella. Sin embargo, se insiste en que para salir de hoyo hay que seguir cavando cuando la evidencia, y la lógica, demuestra lo contrario.

Ayer vi en el cine la película de M Von Trotta, Hannah Arendt, que me hizo pensar acerca de la relación de todo aquello que ella decía acerca de la banalización del mal (creo que voy a tener que dedicar algo de tiempo a leer cosas de esta mujer). Pues bien, aquellos que están insistiendo de forma contumaz sobre la necesidad de más y más austeridad y estos que, de forma automática, aplican sus leyes sobre sus pueblos, ¿no son muy parecidos a los nazis que dictaron leyes de exterminio y a aquellos "funcionarios" autómatas y acríticos que las aplicaban llenando los trenes de personas hacia los campos de exterminio?

¿No es suficiente con que una vez, incluso en dos ocasiones, un experimento no funcione para renunciar a aplicarlo? ¿La insistencia en el error, sobre todo si este daña a las personas, no es un mal radical en el sentido que le daba H Arendt? ¿Las consecuencias mortales de estos experimentos no constituyen un tipo de genocidio? ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que la ideología se disfrace de ciencia y se sigan aplicando políticas que sólo benefician al 1% en contra de todos los demás?